¿Depresión post-vacacional? Llámalo X

05/09/2012

Lo bueno siempre dura poco. Es la cruda realidad. Quizá si no durara poco, no nos parecería tan bueno. Y por eso, año tras año, volvemos de nuestras vacaciones con la sensación de que han sido cortas. ¿Si tuviéramos dos meses de asueto veraniego nos acabaría pareciendo demasiado tiempo? Yo me juro y perjuro que no me lo parecería porque en mi mente tengo el maravillo recuerdo de las vacaciones escolares. Vacaciones que no he vuelto a disfrutar desde mis inicios universitarios, truncadas en el momento en que, tal vez por ansias de aprender, se te olvida que te queda TODA tu vida para trabajar y decides, a pesar de haber aprobado en junio, pasarte el verano haciendo prácticas y pisando asfalto a 40 grados.
Echando la vista atrás me pregunto, ¿si volviera a nacer, sacrificaría mi tiempo de descanso y diversión por invertir en mi futuro? No nos engañemos, la respuesta es sí. En ese momento no supondría un sacrificio, sino un reto.
Pero, si echo la vista hacia delante pienso: ¿Me pasaré los próximos cuarenta años de mi vida (si no son más) deseando que lleguen las vacaciones de verano? ¿Durante once meses marcaré palitos en el calendario y haré cuentas sobre cuántos días me puedo coger y cuántos tengo que dejarme si en Navidades me quiero comer el turrón sin atragantarme? Me temo que sí…
Me acabo de incorporar al trabajo después de tres semanas de vacaciones. Entre los compañeros hablamos de ‘depresión post-vacacional’. En realidad no siento que pase por una depresión ni nada parecido. Al contrario, estoy feliz. Feliz porque he pasado unos días increíbles, he desconectado, descansado, he tenido mucho tiempo para hacer cosas nuevas, cosas que me gustan, con la gente que me gusta. Estoy como nueva. No estoy deprimida.
Pero, un momento… ¿De verdad tengo que esperar un año para vivir esta misma experiencia? Ufff… No lo llames depresión, llámalo X.
Alba Corrada

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