¿Qué hay debajo de la alfombra?

20/12/2011

Sesenta mil mujeres semidesnudas bailaron recientemente la Danza del Junco ante el rey Mswati III de Suazilandia, para que éste pudiera elegir la decimocuarta integrante de su harén. Una extravagancia más en un reino donde no se reconocen los partidos políticos y que dice defender, pese a este baile, la igualdad de la mujer. Claro que a este monarca, criticado por gastar anualmente más dinero en palacios y coches para sus esposas que lo que destina al presupuesto sanitario nacional, nadie le pedirá que haga gestos solidarios y, aunque bien podría guardar cadáveres en sus armarios, no se molestará en esconder las briznas de suciedad debajo de las lujosas alfombras de sus mansiones, ya que su actitud, aunque execrable, es diáfana.
Otro gallo canta cuando pensamos en la responsabilidad corporativa por parte de las empresas, y sobre todo si conjeturamos sobre las razones que les llevan a destinar recursos, cada vez más cuantiosos, a estos menesteres. En la mayoría de los casos, sin duda, la asignación a la responsabilidad corporativa viene motivada por la consciencia de asumir un deber social, por la voluntad de revertir en la sociedad parte de sus beneficios, o incluso por razones de mantener y mejorar su imagen corporativa o para desgravar algún tipo de impuestos, todo ello perfectamente adecuado y dentro de una tendencia mainstream, que marca las pautas de comportamiento en el inmediato futuro. Más, ¿es así en todos los casos, o, por el contrario, en algunos, seguro que minoritarios, se quiere esconder trapos sucios o restos de suciedad debajo de las pulcras alfombras de los Consejos de Administración?

Recuerdo un caso de hace ya décadas, cuando una reputada empresa premió a un periodista, que iniciaba con pujanza su carrera en el complicado entramado del periodismo de investigación, con una importante beca en el extranjero, que implicaba una larga estancia fuera y una exclusividad que le impedía seguir publicando en los medios españoles. La benefactora empresa consiguió por tan maquiavélico sistema que dicho profesional abandonara un proyecto de investigación que podría haber perjudicado su imagen en caso de que se le hubiera permitido avanzar en sus pesquisas. ¿Desgravaría incluso esta compañía por este gesto de responsabilidad corporativa?
Teniendo en cuenta que las 500 mayores empresas multinacionales controlan más de la mitad del producto mundial bruto, ¿no se podría acometer la responsabilidad corporativa de un modo que ayude a acabar con los graves problemas que aún, en este innovador siglo XXI, devastan el planeta? Una actitud solidaria conjunta estaría, en mayor medida que los conatos individuales, y siempre apreciables, que las grandes compañías vienen desarrollando en los últimos tiempos, en la dirección de llevar a cabo una responsabilidad corporativa realmente eficaz e impoluta y que no nos haga sospechar, como a veces pasa ahora (sea cierto o no, la sospecha queda en el aire), que se está escondiendo algo sucio debajo de alguna elegante alfombra.
JLR

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