Fatiga y cansancio, dolores musculares y óseos, debilidad, cambios de ánimo, inmunidad baja y pérdida de cabello. Estos son los síntomas más frecuentes del déficit de vitamina D. Sin embargo, diferentes investigaciones ponen de manifiesto también la relación entre la falta de esta vitamina y la depresión.  Este nutriente es un precursor hormonal, no una vitamina convencional, lo que significa que actúa de manera similar a las hormonas, con efectos que alcanzan múltiples sistemas del organismo, incluido el sistema nervioso central.

Para determinar esta conexión, los investigadores han elaborado ensayos controlados de manera aleatoria en los que se evidencia que la suplementación con vitamina D en personas con niveles bajos produce mejoras modestas, pero estadísticamente significativas en los síntomas depresivos. La presencia de receptores de vitamina D en el tejido cerebral pone de manifiesto que es necesaria para que el cerebro funcione bien. Entre sus funciones más relevantes para la salud mental se encuentran la regulación de la síntesis de serotonina (el neurotransmisor relacionado con el equilibrio emocional), el estímulo de factores neurotróficos que mantienen saludables las neuronas, y el control de la neuroinflamación, un mecanismo que los científicos vinculan cada vez más con los trastornos del estado de ánimo.

El rango óptimo para la salud mental: entre 40 y 60 ng/mL

La mayoría de neurólogos aconsejan alcanzar niveles de entre 40 y 60 ng/mL para apoyar de forma efectiva la síntesis de neurotransmisores, modular la inflamación cerebral y proteger las células nerviosas. Las personas que logran mantenerse en este rango suelen reportar mayor estabilidad emocional, mejor concentración y más energía.

No obstante, el déficit de vitamina D y la depresión comparten síntomas, por lo que los especialistas instan a acudir siempre a consulta para distinguirlos. En este sentido, tanto la carencia de vitamina D como la depresión pueden provocar cansancio al despertar a pesar de haber dormido suficiente, dificultad para mantener la atención en tareas cotidianas, cambios en el sueño (ya sea exceso o insomnio) y un estado de ánimo decaído que permanece a lo largo del día.

Además, los investigadores apuntan que, aunque la relación es menos sólida, la ansiedad también puede responder a niveles bajos de vitamina D, por lo que es necesario prestarle atención. Así, lo avalan distintos estudios  que han detectado una correlación entre niveles insuficientes de vitamina D y la presencia de trastornos de ansiedad, con tendencia a que las personas ansiosas presenten concentraciones más bajas que quienes no reportan síntomas ansiosos.

Desde BERBĒS animamos a apurar los últimos rayos de sol del verano y extraer toda la vitamina D posible, de cara a mantener un buen estado anímico en los meses fríos.

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