Cada vez hablamos más de salud en términos integrales: salud humana, salud animal y salud medioambiental como un único sistema interconectado. Este enfoque, conocido como One Health, deja claro que el cambio climático no es solo una cuestión ambiental o económica, sino un desafío sanitario prioritario. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) coinciden en que el calentamiento global ya está afectando a la mortalidad por olas de calor, a la expansión de enfermedades infecciosas y a la calidad del aire que respiramos. No hablamos de un escenario futuro, hablamos del impacto presente y medible.
Las olas de calor más frecuentes e intensas están relacionadas con un aumento de ingresos hospitalarios por deshidratación, golpes de calor y agravamiento de patologías cardiovasculares y respiratorias. Estudios publicados en revistas como The Lancet muestran que la mortalidad relacionada con el calor ha aumentado en más de un tercio desde la década de los noventa. Además, el incremento de temperaturas y la alteración de los ecosistemas favorecen la expansión de vectores como mosquitos y garrapatas, ampliando el riesgo de enfermedades como el dengue o la enfermedad de Lyme en regiones donde antes eran poco frecuentes.
A esto se suma la contaminación atmosférica. De hecho, un estudio realizado por la Sociedad Española de Cardiología (SEC) y la Fundación Española del Corazón (FEC) ha demostrado que la exposición a la contaminación del aire se asocia con un aumento en el número de infartos y en la mortalidad por esta causa durante el ingreso hospitalario. A esto se suma, que la OMS estima que millones de muertes prematuras anuales están vinculadas a la mala calidad del aire. Datos que nos muestran que reducir emisiones no solo mitigaría el calentamiento global, sino que también mejoraría la salud pública con carácter inmediato.
En este punto, cabe destacar que las decisiones políticas adquieren un peso determinante. El reciente anuncio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de revertir la “declaración de peligro” climática establecida en 2009 durante la administración de Barack Obama supone un giro significativo en la política ambiental estadounidense. Dicha declaración había servido de base legal para limitar emisiones contaminantes de vehículos y centrales eléctricas. Más allá del debate ideológico, la comunidad científica advierte que debilitar estos marcos regulatorios puede traducirse en mayores niveles de contaminación y, por tanto, en más carga de enfermedad.
No es un asunto aislado. Durante su primer mandato, Trump retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París, el pacto internacional que busca limitar el aumento de la temperatura global. Aunque posteriormente el país se reincorporó –y, en su segundo mandato, se volvió a retirar–, los vaivenes políticos generan incertidumbre y retrasan inversiones en energías limpias, infraestructura resiliente y prevención sanitaria. Y es que cada año de inacción complica el cumplimiento de los objetivos climáticos y eleva los costes humanos y económicos.
Según muestran encuestas realizadas por la consultora Gallup, una parte creciente de la población estadounidense expresa preocupación por el calentamiento global,. Sin embargo, el cambio climático sigue compitiendo con otras prioridades en la agenda pública, especialmente cuando el debate se plantea únicamente en términos de coste económico inmediato.
Desde BERBĒS, como agencia especializada en salud y adherida a la Plataforma One Health, sabemos que tenemos una responsabilidad clara: traducir la evidencia científica en mensajes comprensibles y basados en datos y recordar que mirar hacia otro lado no elimina el problema, solo lo agrava. El cambio climático es una crisis sanitaria en desarrollo. Y como toda crisis de salud pública, cuanto antes actuemos, mayor será el beneficio.



