Durante años hemos hablado de las distintas fuentes de energía como uno de los grandes recursos estratégicos del siglo XXI. Petróleo, gas, electricidad, renovables, baterías… Pero quizá haya otro recurso al que deberíamos prestar tanta atención como a los anteriores, y no solo como fuente de energía por sí sola, sino como elemento necesario para el funcionamiento de otros modelos energéticos: el agua. Este verano, el Danubio ha dado una pista inquietante: Rumanía llegó a detener su única central nuclear por la falta de caudal suficiente para refrigerarla, mientras Hungría reducía al mínimo la producción de la central Paks.

El agua y la energía forman un sistema mucho más conectado de lo que solemos pensar. Necesitamos energía para transportar, depurar o desalinizar agua, pero también necesitamos agua para producir energía. Y cuando el clima altera la disponibilidad de agua, la factura deja de ser únicamente ambiental: puede afectar a la agricultura, la industria, los precios, las infraestructuras y, también, a la seguridad energética. La Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés) pone de manifiesto el nexo existente entre agua y energía.

La inteligencia artificial (IA) añade ahora una nueva capa al problema. Los centros de datos necesitan enormes cantidades de electricidad y, en muchos casos, agua para refrigerar los equipos. Según la IEA, “la demanda global de electricidad crecerá un 3,6% en 2026 y otro 3,8% en 2027, frente al incremento del 3% previsto para 2025. Con esta evolución, el consumo mundial pasaría de 28.600 teravatios hora (TWh) en 2025 a 30.700 TWh en 2027”. Precisamente, la Universidad de Naciones Unidas advierte sobre la creciente huella hídrica de la IA. En concreto, habla de que, en 2030, consumirá tanta agua como 1.300 millones de personas y la electricidad de 650 millones de personas.

La respuesta ya no depende solo de dónde haya suelo barato o una buena conexión a la red eléctrica, sino que importa dónde hay/habrá agua y dónde podrá garantizarse este bien tan preciado durante décadas. De hecho, los nuevos proyectos de centros de datos vinculados a la IA están buscando cada vez más ubicaciones alejadas de los grandes núcleos urbanos para encontrar energía, terreno e infraestructuras disponibles.

En este sentido, Europa ha entendido que el asunto va mucho más allá de abrir o cerrar un grifo. Su Estrategia de Resiliencia Hídrica plantea reducir el consumo de agua y mejorar su eficiencia en al menos un 10% para 2030, además de modernizar infraestructuras, reducir fugas y acelerar la digitalización y la IA aplicada a la gestión del agua. A su vez, la Agencia Europea de Medio Ambiente  señala que alrededor del 30% del territorio europeo sufre escasez estacional de agua cada año.

El cambio climático hace que el problema sea todavía más complejo. Europa se está calentando, aproximadamente, el doble de rápido que la media mundial y las sequías, inundaciones e incendios son cada vez más relevantes para la planificación de infraestructuras y actividades económicas. Quizá por eso la próxima conversación sobre sostenibilidad no debería centrarse, únicamente, en cuántos kilovatios consumimos o cuántas toneladas de CO₂ emitimos, sino también en cuántos litros de agua necesitamos y de dónde proceden. El agua no solo es esencial para nuestra salud y para el equilibrio natural: también mueve nuestra economía, nuestra industria y, cada vez más, nuestra revolución tecnológica. En un mundo marcado por una incertidumbre climática creciente, gestionar bien el agua puede llegar a ser tan estratégico como garantizar el suministro de energía.

Desde BERBĒS, como miembro de la Plataforma One Health, contribuimos a impulsar una mirada más transversal, donde cuidar del agua es también cuidar de nuestra salud, nuestra economía y nuestro futuro.


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